Meri nació en una de las áreas más pobres de Managua: La Esperanza, una zona del barrio de Acahualinca crecida a pies de La Chureca, el vertedero de Managua, donde hasta hace poco llegaba toda la basura de la ciudad, unas 1300 toneladas diarias.
Las más de 250 familias que viven en La Esperanza y muchas de los barrios cercanos a La Chureca trabajan a diario en el vertedero, separando plástico, vidrio, metal, cartón… cualquier material que pueda ser vendido para ser reciclado en El Salvador o algún otro país de la zona.
Managua no es una ciudad al uso, se parece más a un grupo de barrios, colonias, repartos… unidos por carreteras y separados por descampados donde nunca se construyó nada tras el terremoto de 1972. La Esperanza es, por su situación dentro del vertedero, uno de los barrios más aislados de la ciudad, un pequeño poblado de casas de zinc habitado por gente pobre que en la mayoría de los casos ha tenido difícil el acceso a la educación y la cultura.
Mucha de esta gente no sale prácticamente nunca del vertedero, La Chureca, y conoce poco más que las calles de tierra, embarradas en la época de lluvias, el olor de la basura putrefacta, los gases del metano que genera la descomposición de la basura, el humo de las decenas de fuegos espontáneos que tienen lugar cada día y el cielo lleno de zopilotes carroñeros en busca de comida.
Los más jóvenes han podido compaginar el trabajo ayudando a la familia con los estudios primarios en el colegio llamado, como el barrio, La Esperanza. Aun así la necesidad de dinero y la falta de cultura provocan que pocos sigan con sus estudios cuando a los 12 años acaban la primaria.
Meri fue la primera de todos quienes pasaron por la escuela de La Esperanza que completó la secundaria. Ahora estudia magisterio en la universidad y al mismo tiempo trabaja en el centro de San Francisco de Fabretto. Allí, niños y jóvenes de La Chureca y los alrededores aprenden cómo pueden ganar dinero reciclando la basura (la misma con que trabajan sus padres en el vertedero) para convertirla en anillos, colgantes, pulseras o pendientes.
Al mismo tiempo, la cooperación española invierte millones de euros para clausurar La Chureca y construir 258 casas donde alojar a quienes ahora viven en chabolas de zinc. Estas familias vivirán mejor, algunas quizá incluso consigan trabajo en la planta de clasificación de residuos que se proyecta sobre el actual vertedero. Pero, en el fondo, nada cambia, seguirán siendo parias de La Chureca.
Meri en cambio, desde la igualdad, la perseverancia y la dedicación total, enseña a los niños y a los jóvenes a salir del vertedero, a ser iguales al resto y autosuficientes, a mejorar como personas y trabajar para mejorar el barrio y a todos los que lo habitan. Solo así se puede cambiar el mundo.
Fotógrafo: Rafa Sanchis
Texto: Rafa Sanchis
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